Ave, Roma Libraria

Ave, oyentes. hoy os hablo desde las ruinas encendidas de mi propia Roma.

Sí, Roma: esa palabra que pesa más que una biblioteca entera y que algunos todavía confunden con una película de gladiadores y sandalias.


Roma, la que inventó las carreteras, los acueductos… y el arte de opinar sin saber.
Porque no hay nada más romano que un foro lleno de gente hablando a la vez, ¿verdad?

 

Hoy vengo con mi toga invisible y el micro encendido para defender la Roma que llevo dentro:
la de las piedras que hablan, la de los dioses que no se rinden, y la de los libros que todavía tienen el pulso de la historia latiendo entre sus páginas.


Y, como en toda buena arenga, traigo pruebas, testigos y legados.


Tres libros, tres tribunos de papel que nos devuelven a la gloria, la mugre y la belleza de esa civilización que inventó casi todo… salvo la humildad.


“Gladiadores, fieras, carros y otros espectáculos en la antigua Roma” de María Engracia Muñoz Santos.

 “Gladiadores, fieras, carros y otros espectáculos en la antigua Roma” está editado por Síntexis, su autora, María Engracia Muñoz Santos, merece su propio laurel: es historiadora, arqueóloga y divulgadora, especialista en cultura popular y espectáculos en la antigua Roma. Lleva años investigando cómo los romanos convertían la vida —y la muerte— en espectáculo público. Es de esas académicas que saben contarte el pasado sin dormirse sobre el papiro, y además lo hace con un entusiasmo que contagia.

Ah, y por si acaso los oyentes se lo preguntan: tiene más sentido del humor que muchos senadores juntos, si mi querida María Engracia, amiga, cómplice y erudita, tiene la rara virtud de contarte las cosas como si las hubiera vivido ella misma en el Circo Máximo.



Su libro no es solo historia: es olor a arena, sudor y bramido del público.


Te mete en la grada, te hace oír al auriga que se juega la vida por una vuelta más, al esclavo que reza a un dios que ni siquiera sabe si existe, y a la matrona que aplaude con la misma pasión con la que después conspirará en la sombra.

Este libro desmonta la idea de Roma como una postal: nos enseña la Roma del espectáculo, del pan y del circo, sí, pero también la del ingenio humano llevado al exceso.


Porque los romanos inventaron los “reality shows” antes que Netflix, y lo hacían con leones. Eso sí que era programación de prime time, amigos.

 

María Engracia escribe con rigor, pero también con alma. Y cuando una historiadora escribe con alma, los gladiadores vuelven a respirar.


Por eso, este libro no se lee: se vive.


“Roma oscura. La vida secreta de los romanos” de Michael Sommer


Ah, este… este es mi favorito para los que creen que Roma era toda mármol y virtudes.


No, queridos míos: Roma era también letrinas comunales, amores clandestinos, supersticiones y trapos sucios.

 

“Roma oscura. La vida secreta de los romanos” editado por AKAL, de Michael Sommer, un historiador alemán y profesor de Historia Antigua en la Universidad de Oldemburgo. Especialista en Roma y el Mediterráneo, escribe con esa mezcla tan suya de rigor académico y mala leche ilustrada: te enseña lo peor de los romanos con una sonrisa y una fuente clásica en la mano.

 

Sommer, con el talento del que se ha asomado a los sótanos de la historia, nos enseña la otra cara del Imperio: la que no sale en las monedas ni en los discursos del Senado.

 

¿Queréis saber qué comían los romanos cuando no había festines?


¿O cómo era un día normal en la vida de una esclava, o de un comerciante con más deudas que clientes?

Este libro lo cuenta todo, sin filtros y con placer. Y lo mejor es que te hace reír.


Porque descubrir que los romanos también se quejaban del tráfico, del precio del pan y del calor en agosto, te reconcilia con la humanidad entera.

 

Así que, si os creéis civilizados porque tenéis WiFi, leed a Sommer y veréis que seguimos siendo los mismos… solo que con mejores zapatos.

 

“Córdoba romana. La ciudad oculta” de Desiderio Vaquerizo Gi



Llegamos al corazón de esta arenga.


A mi Córdoba, la Roma del Sur, la que aún respira entre columnas y patios.


Nuestro profesor Desiderio Vaquerizo —que es como si Tito Livio hubiera nacido con acento andaluz— nos entrega una obra que no es solo arqueología: es una declaración de amor a una ciudad que nunca ha dejado de ser romana. “Córdoba romana, la ciudad oculta” editada por Almuzara, no habla de ruinas muertas, sino de memoria viva.


Nos recuerda que, bajo cada calle, bajo cada sombra, sigue latiendo la ciudad que fue capital del Imperio en Hispania.


Desiderio escarba con rigor, pero también con pasión: porque amar Roma no es mirar atrás,
sino entender que todo lo que somos —la ley, el arte, las costumbres, hasta la forma de insultar—
viene de allí.

 

Y eso, amigos, nos coloca en una responsabilidad: o cuidamos de ese legado, o acabaremos siendo los bárbaros que destruyeron lo que no entendían.

 

REFLEXIÓN FINAL


Así que aquí me tenéis: una librera romana, hija de la decadencia y del sarcasmo, reivindicando a grito moderado que sin Roma no hay cultura, y sin cultura, no hay nada.


Que los gladiadores de hoy llevan corbata o teclado, que el circo se ha mudado a las redes sociales, y que los emperadores son ahora “influencers” con más filtros que ideas.

 

Pero aquí seguimos los irreductibles: los que creemos en los libros como armas y refugio, los que entramos en una librería como quien entra en un templo, y los que sabemos que Roma no cayó: solo cambió de dirección postal.

 

Y ahora, mientras cierro este foro improvisado y apago la antorcha, os dejo con una última verdad imperial: los bárbaros no vienen del norte… están dentro. Y leen poco.

 

Les habló Maribel Molina, la librera romana que aún cree que las ruinas son solo el principio.
Hasta la semana que viene, y hasta entonces…ave, lectores, y que la toga os acompañe.

 

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