Tres clásicos y un postureo menos.

Muy buenos días, queridas y queridos oyentes —y también a los que fingen haber leído a Homero, pero solo vieron Troya con Brad Pitt—.

Hoy vengo con tres clásicos de verdad, de los que te enseñaban lo que era la épica antes de que Instagram convirtiera la lectura en un desfile de fotos con té frío.

 

Tres libros que marcaron mi infancia, tres viajes que me enseñaron que la literatura no sirve para entender el mundo… sino para sospechar que el mundo se ha quedado muy corto.

 

‘Viaje al centro de la Tierra’ de Julio Verne, ‘La Odisea’ de Homero y ‘El último mohicano’ de James Fenimore Cooper.

 

Tres viajes —uno hacia abajo, otro hacia casa y otro hacia ninguna parte—.


Tres historias de aventura, humanidad y supervivencia, escritas mucho antes de que los escritores creyeran que ponerle tres adjetivos raros a una piedra era “literatura contemporánea”.

 

Así que, apaguen el postureo, enciendan el cerebro y abran bien las orejas: hoy vamos a viajar, pero sin hashtags.”


“Viaje al centro de la Tierra” – Julio Verne

Empezamos por Julio Verne, el señor que se adelantó dos siglos a todo el mundo sin necesidad de inteligencia artificial ni de becas del Ministerio.

 

Ay, Julio Verne… Un tipo que nos hizo creer que podíamos llegar al centro del planeta con un martillo, una linterna y mucha fe científica.


Leí Viaje al centro de la Tierra pensando que iba a aprender geología, y acabé queriendo ser exploradora, aunque mi madre decía que si no estudiaba no llegaba ni al centro del patio.

 

Verne tenía esa cosa maravillosa de los locos lúcidos: era capaz de imaginar el futuro mientras seguía atado a un escritorio. ¿Y sus personajes?  hombres serios que se tiran por un volcán porque el mapa lo dice.


A esa edad, yo no tenía ni Google Maps, solo un atlas Santillana que me conocía de memoria, pero ya sospechaba que el mundo se divide entre los que se lanzan al abismo y los que se quedan tomando café comentando la caída.

Viaje al centro de la Tierra no solo es una novela de aventuras: es una oda a la imaginación científica, a la curiosidad humana y a esa necesidad de meterse en líos por el simple placer de descubrir qué pasa si sigues cavando.

 

El profesor Lidenbrock y su sobrino Axel descienden por un volcán islandés para acabar en un mundo subterráneo lleno de criaturas prehistóricas. Hoy lo llamarían “realismo mágico geológico”, en su época, se llamaba “atreverse a pensar”.

 

Verne fue el influencer original del conocimiento: consiguió que generaciones enteras soñaran con viajar sin moverse del sofá. Y lo hizo sin hacer reels ni ponerse gafas redondas para parecer interesante.

 

Si te gusta la ciencia, la aventura o simplemente recordar por qué leer puede ser mejor que cualquier serie, este es tu libro.

 

Eso sí: cuidado, porque al terminar puede que te entren ganas de abrir un mapa, y eso criaturitas mías, en los tiempos que corren, ya es casi un acto subversivo.”

 

“La Odisea” – Homero

 

Del subsuelo pasamos al mar, y de la ciencia al drama mediterráneo.


Ulises, ese señor que tardó veinte años en volver a casa y aún tuvo la cara de decir que “fue un viaje de crecimiento personal”. Sí, sí, llamadlo “viaje iniciático”,  yo lo llamo evasión con excusas mitológicas, que si las sirenas, que si Calipso, que si los cíclopes… vamos, un Erasmus prolongado en el Mediterráneo, claro, veinte años dando vueltas mientras Penélope hacía ganchillo y contaba los días.

 

Pero qué maravilla de poema: ahí están todos los temas humanos antes de que existiera Twitter. El deseo, la astucia, la infidelidad, la culpa… y una Penélope que borda y desteje, que parece resignada, pero en realidad está pensando: “vuelve, alma de cántaro, o me pido una beca para Ítaca sola.”

 

Yo sospecho que Homero escribió La Odisea para reírse de todos: de los héroes, de los dioses y del ser humano, que se pierde con facilidad, pero se cree protagonista de una epopeya.

 

Y entre sirenas, cíclopes y tormentas, aprendí que los viajes más peligrosos no son los que te alejan, sino los que te devuelven distinto. Y que Ulises no vuelve porque, en el fondo, no quiere volver.

 

“El último mohicano” – James Fenimore Cooper


Y llegamos al bosque, a los grandes paisajes y a las trenzas imposibles.


El último mohicano fue mi puerta a América antes de que el cine lo convirtiera en un desfile de melenas al viento.


Y claro, me enamoré del indio noble y del paisaje salvaje… fue mi primer flechazo con la melancolía, hasta que crecí y entendí que detrás de toda épica colonial hay una buena dosis de apropiación cultural con plumas.

 

Pero ojo: Cooper tenía algo que pocos escritores mantienen hoy —ese respeto silencioso por lo que desaparece. El último mohicano no es un héroe triunfante, es una elegía, es un canto a lo que se extingue, al silencio del bosque, a las culturas que no salieron en los libros de texto.

 

Leerlo de niña fue como asomarme a un mundo que ya no existía, y ahora, de adulta, me doy cuenta de que eso…  y pienso: “mira tú, el romanticismo era básicamente sentirse culpable con banda sonora de violines.”

 

Pero qué belleza. Qué tristeza tan luminosa.


Porque no hay épica más pura que la de quien sabe que está perdiendo algo y, aun así, lo canta.


REFLEXIÓN FINAL


Tres libros, tres viajes. Uno hacia abajo, otro hacia el mar y otro hacia el bosque.

 

Tres formas de perderse para encontrarse.

 

Y yo, la librera que soñó con volcanes, cíclopes y mohicanos… y acabó entre facturas y lectores despistados, entre tanta aventura masculina descubrí algo: que lo importante no era el mapa, ni el héroe, ni el destino… sino la mirada del lector, que es quien hace el viaje de verdad.

 

Así que, si alguien me pregunta por mis clásicos de infancia, ya lo sabéis: no eran libros para aprender geografía, eran manuales de fuga de la realidad.

 

Nos escuchamos la semana que viene, le habló Maribel Molina de la Librería El Reino de Agartha… Y hasta entonces… leed lo que os de la gana, pero con cerveza, sin prisa y sin subirlo a Instagram, por favor ¡

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