Literatura de photocall”

Hay una especie especialmente resistente al ridículo: el famoso que decide escribir un libro. No porque tenga algo que decir. No porque lo necesite. Porque se lo han pedido. Porque “es el momento”. Porque su nombre vende y alguien ha decidido que eso, mágicamente, también cuenta como literatura.

Y claro, aceptan. Cómo no van a aceptar. Si están acostumbrados a que todo lo que tocan se convierta en aplauso. Se sientan, dictan cuatro ideas mal cosidas, alguien en la sombra hace el trabajo sucio, y listo. Ya son escritores. Con foto en la solapa, sonrisa medida y esa mirada de “soy profundo” que no se sostiene ni dos páginas.

Luego vienen los premios. Ese teatro elegante donde todo el mundo sabe lo que está pasando, pero nadie va a estropear la fiesta diciendo la verdad. Porque no se premia el libro. Se premia el nombre, la campaña, la visibilidad. Se premia que ese libro vaya a vender aunque sea por puro arrastre. Literatura convertida en estrategia de marketing con pretensiones de altar.

Y lo más irritante no es que existan. Es que ocupan espacio. Espacio en mesas, en escaparates, en conversaciones. Espacio que otros se han ganado a base de escribir de verdad, de equivocarse, de rehacer, de callarse cuando no tenían nada que decir. Pero claro, eso no sale en la tele.

Mientras tanto, el lector hace lo que puede. Compra, duda, se decepciona, vuelve a intentarlo. Y poco a poco aprende a mirar con desconfianza todo lo que venga envuelto en brillo. Porque cuando el ruido es tan alto, lo bueno ya ni se oye.

Pero nada, que sigan. Que escriban. Que publiquen. Que se repartan premios entre selfies y canapés. Luego nos preguntamos por qué la gente ha dejado de tomarse en serio los libros.

La respuesta es incómoda, pero bastante evidente: porque algunos se empeñaron en convertirlos en merchandising con tapas.

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