“Manual para publicar sin saber escribir y aun así creértelo”
La autoedición es ese lugar donde todo el mundo puede publicar, sí, pero sobre todo donde nadie te dice que no, y claro, sin ese pequeño detalle que es el “no”, pasan cosas, pasan muchas cosas, la mayoría malas, algunas directamente ofensivas para el lenguaje, y unas pocas, muy pocas, que te reconcilian con la especie, pero ya llegaremos a esas, que si no parece que vengo aquí con esperanza y tampoco es cuestión de mentir.
Porque lo que hay, en masa, no es gente escribiendo, es gente exhibiéndose, gente que ha decidido que tener una historia en la cabeza equivale mágicamente a saber contarla, que juntar palabras ya es literatura, que abrir un documento y no cerrarlo a tiempo es un acto creativo, y lo más fascinante, gente absolutamente convencida de que lo que ha hecho merece ser leído, comentado y, si nos ponemos estupendos, admirado.
Y antes siquiera de que empiece el desastre, te comes el prólogo.
Ese prólogo que se escriben ellos mismos, porque claro, quién si no, no van a perder la oportunidad de hablar de sí mismos en tercera persona encubierta o en primera sin pudor, da igual, el caso es que ahí están, dedicándote páginas y páginas a explicarte lo que estás a punto de leer, como si el libro fuera incapaz de sostenerse sin muletas, como si el lector necesitara una guía emocional para sobrevivir a lo que viene, que en el fondo es lo único honesto del asunto, porque efectivamente la necesita.
Y ahí meten el pack completo: el proceso creativo, que siempre suena a travesía épica aunque haya consistido en escribir a ratos entre series, el momento vital, importantísimo, porque sin contexto no se entiende nada, al parecer, y por supuesto los agradecimientos, esa lista entrañable de personas que “les animaron a escribir”, como si el problema hubiera sido precisamente ese, que nadie les frenó a tiempo, que no hubo un alma caritativa que dijera “igual esto todavía no”, pero no, todos animando, todos empujando, todos cómplices del resultado final.
Después ya entras en el texto y aquello es un festival: frases que empiezan sin dirección y terminan sin dignidad, adjetivos apilados como si cobraran por unidad, metáforas que no iluminan nada pero hacen mucho ruido, diálogos que no suenan a humanos sino a gente que ha visto conversaciones de lejos y ha decidido improvisar, personajes que no evolucionan porque bastante tienen con existir, y una obsesión agotadora por parecer profundo, por sonar importante, por dejar claro que aquí hay mensaje aunque el mensaje no haya aparecido por ninguna parte.
Pero ellos siguen, porque la falta de autocrítica es un motor potentísimo, más que el talento, desde luego, y se presentan, se promocionan, se recomiendan, hablan de su obra como si ya hubiera pasado el filtro del tiempo, como si alguien externo hubiera validado algo, cuando lo único que ha pasado es que han subido un archivo y han esperado aplausos, y si no llegan, siempre queda el recurso universal: no me entienden, el mundo no está preparado, la gente no lee, la envidia, ese comodín maravilloso que sirve para todo y no explica nada.
Y en medio de todo ese ruido, de toda esa prisa por ser autor sin haber sido antes lector, de toda esa necesidad de existir hacia fuera sin haberse trabajado hacia dentro, pasa algo incómodo, algo casi irritante: aparece un libro bueno.
Uno.
De vez en cuando.
Sin prólogo explicativo, sin necesidad de justificarse, sin agradecimientos a medio árbol genealógico por haberle dicho “tú escribe”, un texto que respira, que tiene ritmo, que sabe lo que hace y lo hace sin pedir permiso ni perdón, y entonces te paras, porque funciona, porque hay oficio, porque alguien ha entendido que escribir no es contarte a ti mismo lo interesante que eres, sino hacer que el otro quiera quedarse.
Y claro, ese libro deja en evidencia a todos los demás, porque demuestra que el problema nunca fue la autoedición, el problema es todo lo que la gente ha decidido no hacer antes de llegar ahí: leer, corregir, dudar, callarse a tiempo.
Pero nada, que sigan, que el prólogo no se va a escribir solo, y alguien tiene que agradecer a la prima, al amigo y al vecino por animar una idea que, con un poco más de silencio, igual habría tenido arreglo.


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