Túneles, dragones y ningún adulto responsable
Hoy vamos a hablar de literatura infantil, que dicho así suena muy limpio, muy ordenado y muy de estantería bajita con cojines, como si estuviéramos hablando de cuentos con moraleja plastificada, cuando en realidad vamos a hablar de libros que criaron generaciones enteras, sin consultar a pedagogos y expertos en emociones y, atención al dato, sin preocuparse lo más mínimo por si el niño iba a “gestionarlo bien”.
Libros escritos cuando todavía se confiaba en la
inteligencia infantil, cuando la imaginación no se consideraba un riesgo
clínico y cuando nadie pensaba que un cuento tuviera que traer un mensaje útil,
positivo y evaluable, porque bastante útil era ya aprender a pensar, a
equivocarse y a no morirse del susto a la primera.
Porque hubo un tiempo, casi prehistórico, en el
que los niños leíamos sobre peligros reales, adultos poco fiables, misterios
turbios y decisiones pésimas… y, contra todo pronóstico, no nos rompimos por
dentro, no necesitábamos tres talleres de autoestima y, lo más escandaloso de
todo, crecíamos exactamente igual, solo que con más tiritas yodo y tiritas
Mientras hoy envolvemos la infancia en plástico de
burbujas, GPS y supervisión emocional permanente, aquellos críos literarios se
escapaban de casa, resolvían crímenes, cruzaban mundos fantásticos y volvían a
cenar como si nada.
Así que hoy abrimos tres libros que no trataban a
los niños como porcelana fina ni como proyectos delicados de adulto funcional,
sino como lo que siempre han sido: pequeños salvajes con curiosidad infinita,
cero miedo al barro y una capacidad asombrosa para meterse donde nadie les ha
llamado.
ENID BLYTON Y LOS CINCO
No analizaba la infancia, no la teorizaba, no le
hacía estudios psicológicos con col
ores pastel.
La miraba. Y escribía. Fin del misterio.
Los Cinco son la fantasía absoluta de cualquier chiquillo y
la pesadilla clínica de cualquier adulto moderno: veranos eternos, meriendas
indecentes, bicicletas sin casco, cuevas, ruinas, contrabandistas y una
ausencia de supervisión adulta tan grande que hoy Servicios Sociales montaría
un operativo.
Ni protocolos, ni mediadores emocionales, ni
reuniones para “gestionar el conflicto”: si había un misterio, se iba; si
alguien gritaba, se corría; y si la cosa salía mal, se aprendía a base de
raspón y dignidad, que es como se ha aprendido toda la vida.
Leído ahora, parece casi una distopía: niños
tomando decisiones solos, organizándose, discutiendo, equivocándose… sin mandar
un audio al grupo de padres ni compartir ubicación en tiempo real.
Vamos, ciencia ficción.
Mientras hoy hay críos que no bajan al portal sin
un adulto, GPS y botella de acero inoxidable con su nombre grabado, estos se
metían en túneles con un bocadillo y un perro y volvían a la hora de cenar tan
tranquilos.
Y lo peor es que funcionaba.
Porque Blyton entendía algo que hemos olvidado
entre tanta sobreprotección y tanto taller de habilidades blandas: que la
infancia no necesita instrucciones para obedecer, necesita espacio para meter
la pata a lo grande y salir viva.
Lo demás es decoración pedagógica.
MICHAEL ENDE Y LA HISTORIA
INTERMINABLE
Michael Ende escribió La historia interminable no para entretener a los niños mientras los padres descansaban un rato, sino para avisarlos, casi para vacunarles contra el mundo, que es un gesto de respeto enorme y bastante poco comercial, porque entretener vende, pero advertir incomoda.
Y este libro incomoda.
Porque no es una fantasía luminosa de unicornios y
finales felices, es una fantasía peligrosa, de las que te seducen con colores
brillantes y luego, cuando ya estás dentro, te quitan el suelo bajo los pies y
te preguntan quién demonios eres sin disfraces.
Bastián no entra en Fantasia para ser un héroe
épico ni para coleccionar hazañas, entra porque nadie lo mira, porque es el
niño invisible del fondo de la clase, el que se esconde detrás del libro para
no estorbar, algo que hoy debería preocuparnos infinitamente más que cualquier
dragón digital con luces LED.
Porque monstruos hay pocos, pero críos sintiéndose
invisibles hay a patadas.
Ende te suelta la verdad sin anestesia: la
imaginación puede salvarte, sí, pero también puede convertirse en una droga
estupenda para huir de ti mismo, inflar el ego, inventarte un personaje molón y
olvidarte del original, que es más torpe pero bastante más real.
Vamos, exactamente lo que hacemos ahora con
perfiles, filtros, avatares, vidas editadas y esa manía moderna de parecer
felices en alta definición mientras por dentro estamos pidiendo auxilio.
Fantasia se destruye porque los humanos dejan de
imaginar de verdad, no porque falten criaturas mágicas, y eso suena
peligrosamente actual en un mundo que consume historias sin parar pero cada vez
crea menos.
Mucho scroll y poca imaginación propia.
Este libro no te acaricia el lomo ni te dice “todo
irá bien”, te planta delante de un espejo enorme, feísimo y sincero, y te
susurra algo que escuece: cuidado con perderte en la historia que te cuentas a
ti mismo, porque igual cuando quieras volver ya no queda nadie en casa.
L. FRANK BAUM Y EL MARAVILLOSO
MAGO DE OZ
Baum tuvo la mala costumbre, maravillosa y peligrosísima, de escribir una crítica feroz al poder y disfrazarla de cuento infantil, como quien esconde arsénico en una cucharada de azúcar glas y encima le pone purpurina, para que el niño entre confiado y el adulto no sospeche hasta que ya es tarde.
Porque El maravilloso Mago de Oz parece una
aventura colorida con zapatitos brillantes, espantapájaros simpáticos y
canciones pegadizas, pero por debajo es una sátira bastante cruel sobre lo
fácil que resulta manipular a la gente cuando se visten las mentiras con un
poco de espectáculo.
Dorothy se lanza al camino amarillo acompañada de
tres pobres desgraciados convencidos de que les falta algo esencial, cerebro,
corazón, valor, cuando en realidad lo único que les falta es dejar de pedir
permiso para existir, que es una inseguridad muy humana y muy rentable para
cualquiera que quiera mandar.
Porque nada más cómodo para el poder que
ciudadanos convencidos de que no valen lo suficiente.
Y entonces aparece el gran Mago, esa figura
todopoderosa, inflada, ruidosa, rodeada de humo, luces y voz grave, que promete
soluciones milagrosas… y que al final resulta ser un señor corriente escondido
detrás de una cortina manejando palancas como un feriante.
Vamos, exactamente igual que ahora, solo que hoy
llevaría community manager, frases motivacionales en Instagram y una charla
sobre liderazgo.
Baum le estaba diciendo a los niños, con toda la
calma del mundo, que no todo el que manda sabe, que no toda autoridad merece
reverencia y que muchas veces el “gran líder” es solo alguien con buen decorado
y mucho descaro.
Pensar por uno mismo, desconfiar del ruido y mirar
detrás de la cortina.
Eso. Ese gesto tan simple.
Y todavía hoy sigue siendo una idea muy peligrosa.
SALIDA
Estos libros no pretendían fabricar niños
perfectos, ni emocionalmente modélicos, ni futuros adultos de catálogo IKEA,
bien montados, bien alineados y con instrucciones claras para no molestar
demasiado.
No querían pequeños ciudadanos dóciles, sonrientes
y funcionales.
Pretendían algo mucho más peligroso. Formar lectores.
Lectores de los de verdad, de los que dudan, de
los que preguntan “¿y por qué?”, de los que desconfían del adulto solemne, del
discurso bonito y del señor que habla muy alto desde una tarima.
Lectores capaces de imaginar otros mundos, que es
el primer paso para no tragarse este sin masticar.
Porque cuando aprendes a leer de verdad, no solo
lees libros, lees las noticias, lees a la gente, lees las mentiras.
Y eso ya empieza a resultar incómodo.
Quizá por eso siguen vivos, quizá por eso todavía
se venden y quizá por eso hay quien prefiere cuentos más blanditos y más
higiénicos, porque estos recuerdan algo que hoy da bastante miedo: que la
infancia no necesita ser envuelta en plástico de burbujas, necesita
herramientas para entender el desastre.
Acompañar, no domesticar.
Guiar, no anestesiar.
Porque, al final, un niño que piensa, que imagina
y que aprende a mirar detrás de la cortina es infinitamente más peligroso que
uno que solo obedece, asiente y da las gracias.
Y, curiosamente, ese tipo de niño es el único que
lee





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