Identidades líquidas: El arte de cambiar de piel (sin morir en el intento)

Hoy vamos a hablar de identidades líquidas, que suena a concepto moderno, a sociólogo con gafas finas y conferencia TED con agua con pepino, cuando en realidad significa algo mucho más cutre y más humano: que nadie tiene muy claro quién es y que todos vamos improvisando sobre la marcha como podemos, cosiéndonos una personalidad provisional cada cierto tiempo y esperando que no se note demasiado la chapuza.

Porque nos han vendido la idea de que uno debe “ser auténtico”, “ser coherente”, “ser fiel a sí mismo”, como si el yo fuera una pieza sólida, de mármol, perfectamente esculpida desde los dieciséis años, cuando la experiencia real se parece mucho más a una maleta mal cerrada que vas arrastrando por estaciones distintas, perdiendo cosas por el camino y metiendo otras nuevas sin saber muy bien para qué.

Antes a eso lo llamábamos crecer, cambiar, sobrevivir.

Ahora lo llamamos reinventarse, que queda estupendo en LinkedIn y bastante ridículo cuando te das cuenta de que no te has reinventado nada, solo has hecho lo que has podido para no hundirte.

Así que esta semana, en lugar de hablar de héroes seguros de sí mismos o de personajes ejemplares con las ideas claras, vamos a meternos en tres novelas donde la identidad es un terreno pantanoso, resbaladizo, traicionero, donde nadie termina de saber quién es del todo y donde cambiar de piel no es una pose estética sino una necesidad casi biológica.

Una sirena que atraviesa siglos como quien cambia de barrio, un aristócrata que despierta mujer y descubre que el mundo te trata distinto aunque tú sigas siendo la misma persona, y una mujer convertida en mito porque cada hombre que la mira se inventa una versión distinta.

Vamos, literatura para recordarnos que eso de “sé tú mismo” es una broma pesada.


La vieja sirenaJosé Luis Sampedro

José Luis Sampedro, economista, humanista, sabio de esos que
hablaban despacio y te hacían sentir que estabas desaprovechando tu vida mientras él simplemente respiraba, decidió escribir una novela sobre una sirena, que dicho así parece un cuento infantil con purpurina, pero en sus manos se convierte en una meditación densa y bellísima sobre el tiempo, el deseo y esa manía nuestra de intentar entender quién demonios somos.

La protagonista atraviesa siglos, cambia de nombre, de cultura, de amantes, de paisajes, de idioma, y cada vez es la misma y otra distinta, como si la identidad fuera una prenda que se desgasta con el uso y hubiera que ir remendándola constantemente, porque nada permanece, ni siquiera uno mismo.

Mientras nosotros presumimos de grandes crisis vitales porque hemos cambiado tres veces de trabajo o nos hemos mudado de ciudad, esta mujer cambia de civilización entera, de mundo simbólico, de historia, y aun así sigue arrastrando la misma pregunta básica: qué queda de mí cuando todo lo demás se ha ido cayendo.

Y lo más bonito, y más cruel, es que Sampedro no ofrece respuestas limpias ni moralejas de taza, solo esa sensación incómoda de que vivir consiste precisamente en eso, en transformarse a la fuerza, en aceptar que el yo es una marea que sube y baja sin pedir permiso.

Hoy, que nos creemos profundísimos por poner “alma libre” en la biografía, esta novela te mira con una media sonrisa y te dice que cambiar de piel no es una estética bohemia, es una herida lenta.

Y aun así seguimos. Porque no hay alternativa.


Orlandode Virginia Woolf

Luego llega Virginia Woolf, con esa elegancia británica que parece delicada pero corta como cristal, y decide escribir una biografía ficticia que atraviesa tres siglos y en mitad del camino cambia de sexo sin pedir permiso ni dar explicaciones, como quien cambia de abrigo, demostrando que la literatura siempre ha ido cien años por delante de nuestras discusiones modernas.

Orlando empieza siendo un joven aristócrata lleno de privilegios, caprichos y libertades, y un día se despierta mujer y, de pronto, el mundo que antes le abría todas las puertas empieza a mirarla con esa condescendencia insoportable que conocemos demasiado bien.

La persona es la misma. La sociedad cambia el trato. Y ahí está el truco.

Woolf te demuestra, con una ironía finísima, que buena parte de lo que llamamos identidad no nace de dentro sino de fuera, de las expectativas, de las normas absurdas, de los papeles que nos obligan a interpretar para que todo siga funcionando.

Leído hoy, en esta época obsesionada con etiquetas, casillas y debates infinitos en redes, Orlando resulta insultantemente moderno, como si Woolf estuviera observándonos desde 1928 y pensando “de verdad seguís con esto”.

Mientras nosotros montamos guerras culturales a golpe de hashtag, ella lo resolvió con estilo, humor y una novela que se ríe de todo el sistema con una elegancia que duele más que cualquier sermón.

Porque la sátira fina siempre deja más marca que el grito.


Justine –  de Lawrence Durrell

Y después está Durrell, que coge Alejandría, el calor pegajoso, la política turbia, el deseo, los celos y ese ambiente decadente que huele a tabaco y a secreto, y construye Justine, donde la identidad ya no es líquida sino directamente imposible de fijar.

Porque Justine no es una persona estable, no es un retrato claro, no es una biografía. Es un espejo roto.

Cada narrador la describe de forma distinta, cada amante la recuerda a su manera, cada versión contradice a la anterior, hasta que uno empieza a sospechar que quizá Justine no exista como tal, que solo sea la suma de miradas ajenas, el resultado de lo que otros proyectan sobre ella.

Vamos, exactamente lo que nos pasa ahora, cuando creemos conocer a alguien por cuatro fotos, dos frases ingeniosas y una biografía bien editada, como si eso fuera una persona completa y no un tráiler cuidadosamente montado.

Durrell te deja una idea bastante inquietante: no solo cambiamos nosotros, también nos cambian los demás, y a veces nuestra identidad depende más de lo que cuentan de nosotros que de lo que realmente somos.

Muy estable todo. Muy tranquilizador. Casi apetece volver a ser una piedra.


CONCLUSION

Después de estas tres historias uno entiende que eso de la identidad firme era un cuento optimista para que durmiéramos mejor, porque la realidad se parece mucho más a ir mudando de piel constantemente, a perder certezas, a reinventarse por pura necesidad y no por postureo, a aceptar que somos versiones sucesivas de nosotros mismos y que ninguna dura demasiado.

Mientras estos autores se dejaban la vida escribiendo novelas monumentales para explicar ese temblor, nosotros hemos reducido la crisis existencial a actualizar la foto de perfil y escribir “nueva etapa” como si eso fuera filosofía profunda, que es la versión barata del drama humano.

Pero al menos los libros siguen ahí para recordarnos que dudar es normal, que cambiar es inevitable y que no saber exactamente quién eres no significa que estés rota, sino que estás viva.

Porque quedarse fijo, sólido, inmutable, eso no es estabilidad. Eso es mobiliario.

Y sinceramente, entre ser mueble o ser un personaje contradictorio lleno de cicatrices y preguntas, prefiero mil veces lo segundo.

Cambiar de piel da miedo, pero quedarse quieta solo sirve para acumular polvo.

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