El Amor sin celofán
De lupercales y pajaritos
Llega febrero y, mientras el mundo se empeña en empaquetar los sentimientos
en polipropileno y ofertas de "dos por uno" en bombones, a una le da
por recordar que antes del marketing existía la vida.
Mucho antes de que San Valentín fuera un santo decapitado o un reclamo
publicitario, este mes ya era técnicamente incómodo. En la antigua Roma
celebraban por estas fechas las Lupercalia, unas fiestas de la
fertilidad donde no había ositos de peluche, sino correas de piel de cabra,
señoras semidesnudas correteando por el bosque, purificándose en un sentido del
rito mucho más salvaje que el de una cena con velas aromáticas. Febrero viene
de februare, purificar, y lo que hoy nos venden como un idilio beige,
nació como un estallido de fuego, sangre y tierra justo antes de la primavera.
Incluso nuestro lenguaje popular, con esa sabiduría que no caduca en
Instagram, lo dice más claro: es la época en la que "los pajaritos se
hacen novios". Una forma muy castellana de decir que la naturaleza no
entiende de escaparates, sino de instinto y de ciclos que se repiten.
Así que, miren, a mí todo este despliegue de tonos pastel y declaraciones
de "amor eterno" que duran lo que tarda en subir un story, me
produce una pereza infinita. Porque el amor de verdad, el que nos
interesa en esta librería, se parece más a esa fuerza de las Lupercales que al
celofán. Es desproporcionado, a veces trágico y siempre inoportuno. Es el que
te descoloca el mapa de vida y te deja una cicatriz que no se borra ni con
láser.
Por eso, esta semana no esperen parejas monas tomando café de especialidad.
Aquí no despachamos azúcar, vendemos libros y por eso traigo tres historias de
amor del grande. Del que te rescata de la trinchera o te hunde en el fango...
Tristán e Iseo (El amor como
error de sistema)
En el siglo XII no había "vamos viendo", ni "necesito mi
espacio personal", ni esa modernidad de la "responsabilidad
afectiva". Aquí hay dos personas directamente condenadas. Se aman cuando
no deben, con quien no deben y en el peor contexto geopolítico posible, que es
básicamente el deporte favorito de la literatura medieval: complicarlo todo
hasta niveles operísticos.
Y lo peor no es que se quieran, lo peor es que no pueden dejar de hacerlo.
Lo trágico no es la prohibición social o el deshonor; lo verdaderamente trágico
es la certeza absoluta de que ese amor te va a destrozar la vida y, aun así,
seguir bebiendo de la misma copa.
Eso es romanticismo hardcore. Nada que ver con estas parejas de hoy que
entran en crisis por un "doble check" azul o un "like" mal
puesto, Pero ojo al dato técnico: en las versiones originales, el filtro tenía
una caducidad de tres años. Durante mil días, estos dos vivieron en un
estado de demencia clínica, pasando hambre y frío en el bosque, incapaces de
separarse. No fue una elección romántica, fue una intoxicación farmacológica.
Tristán e Iseo son el recordatorio histórico de que el amor, cuando es de verdad,
nace ya torcido, con las aristas afiladas y sin libro de instrucciones.
Romeo y Julieta (Dinamita con
flores y cero gestión emocional)
Hablemos de Romeo y Julieta. Dos críos que se conocen un martes por la
tarde, se miran durante cinco minutos entre las sombras de un baile de máscaras
y deciden, con esa clarividencia
que solo te dan las hormonas a los trece años,
que prefieren la morgue antes que vivir en códigos postales separados.
Aquí no hay espacio para la prudencia técnica. Olvídense de la terapia de
pareja, del "vamos a conocernos mejor" o de cualquier atisbo de
pensamiento a largo plazo. Lo de estos dos es máxima intensidad sin red de
seguridad.
Y Shakespeare, que tenía una mala baba legendaria y el colmillo muy
retorcido, te lo vende envuelto en la poesía más hermosa que se ha escrito
jamás... mientras, por debajo, va apilando cadáveres con una eficiencia que
ríanse ustedes de las purgas históricas. Lo verdaderamente maravilloso, y lo
digo con toda la ironía de la que soy capaz, es que cinco siglos después
sigamos etiquetando esto como “la historia romántica por excelencia”.
Seamos serios: técnicamente es una cadena de decisiones pésimas ejecutadas
a toda velocidad. Es el triunfo de la impulsividad sobre el sentido común.
Pero, claro, funciona. Y funciona porque todos, absolutamente todos, hemos
sentido alguna vez esa exageración ridícula y un poco patética de pensar que “o
es esta persona o es el fin del mundo”. La diferencia es que nosotros, al día
siguiente, nos tomamos un café y seguimos con la vida; ellos, en cambio, lo
llevaron hasta las últimas consecuencias, sin botón de "deshacer" y
sin plan B.
Muy teatrales, muy italianos y muy eficaces para recordarnos que el amor
juvenil no es un jardín de rosas: es básicamente dinamita con flores. Un
artefacto explosivo que, si te estalla en las manos, no te deja ni para el
recuerdo, pero que —hay que admitirlo— hace que el resto de los mortales
parezcamos terriblemente aburridos con nuestra "responsabilidad
afectiva".
El amor en los tiempos del cólera
(La resistencia numantina)
En esta novela escribió la historia más terca de la literatura universal.
Porque lo de Florentino Ariza no es pasión, señores, es resistencia numantina.
Se enamora joven, lo mandan elegantemente a paseo, ella se casa con un médico
impecable, la vida pasa, el mundo cambia, los barcos de vapor dan paso al
progreso, llegan las canas y las dentaduras postizas... y el hombre sigue
esperando.
Cincuenta y un años, nueve meses y cuatro días. Ese es el nivel de
precisión de su condena.
Hoy, en la era de la inmediatez, no esperamos ni a que nos contesten un
mensaje. A la media hora de silencio en el móvil ya estamos diciendo: “paso,
next, a otra cosa”. Pero Florentino convierte la paciencia en una forma de
religión. Y mientras tanto, no se engañen, Florentino no es un santo: para
sobrellevar la ausencia de Fermina, llevó una contabilidad paralela de 622
mujeres. Necesitó seiscientas veintidós sustitutas para intentar llenar el
hueco de una sola persona. Eso no es ser un donjuán; es un intento desesperado
de cartografía emocional. El amor de verdad es quedarse, incluso cuando
ya no queda nadie para aplaudir. Hasta que la vida, por puro cansancio o por
puro asombro, le concede una última oportunidad en un barco con bandera de
cólera.
No es un amor juvenil ni estéticamente instagrameable. Es un amor
obstinado, sudoroso y lleno de arrugas. Y, curiosamente, es el más creíble de
todos. Porque esta novela nos recuerda que el amor eterno no son los fuegos
artificiales de la primera noche, ni el celofán de San Valentín.
El amor de verdad es quedarse. Incluso cuando ya no queda nadie para
aplaudir.
Del cuero de las Lupercalia al "Ghosting" de sofá
Así que ahí lo tienen. Tres historias donde nadie regala peluches gigantes
fabricados en serie ni escribe “te amo” con pétalos de plástico sobre la cama.
Básicamente, porque el amor de verdad no es cursi; es técnicamente
peligroso, inoportuno y ligeramente trágico. Y menos mal. Porque,
compárenlo ustedes: venimos de romanos corriendo por el Palatino con correas de
cuero y de Florentino Ariza esperando medio siglo bajo la lluvia de los barcos
de vapor, y hemos terminado en una generación que sufre un trauma existencial
si le dejan el mensaje en "leído".
Hemos pasado del amor que era una cuestión de estado o una enfermedad
tropical, a este amor de consumo rápido, que se rompe por una mala gestión de
los emojis. Si el amor fuera ese mecanismo perfecto y aséptico que nos
venden en febrero, no habría literatura, ni poemas, ni canciones que merecieran
el aire que gastan… solo habría facturas compartidas y listas de la compra. Y
para eso, señores, ya tenemos la cruda realidad.
Yo, sinceramente, me quedo con el amor que te despeina la vida, el que te
complica la agenda hasta el delirio y el que te deja frases subrayadas en el
alma durante años, meses y días exactos. El otro, el del escaparate, el
de los corazones de purpurina y el compromiso que dura lo que la batería del
móvil… que se lo queden las tazas, que para eso están.
Me quedo con los libros, que a diferencia de los bombones, duelen más… pero
duran toda la vida.
Hasta la semana que viene, queridos lectores, y recuerden: amar de verdad
es una resistencia, pero recordar es la única victoria que le ganamos a la
muerte.





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