Tener un hijo, escribir un libro, plantar un árbol...

Antes la gente tenía manías más discretas: Coleccionar sellos, criar palomas, escribir diarios que nadie iba a leer. Ahora no. Ahora todo el mundo escribe… y, claro, lo quiere publicar. Porque sufrir en silencio ya no cotiza.

Nos vendieron aquello de tener un hijo, escribir un libro y plantar un árbol como si fuese el pack básico de la trascendencia humana. Una especie de kit IKEA para dejar huella en el mundo. Montaje sencillo, instrucciones confusas, resultado discutible. Y aquí estamos: árboles cada vez menos, libros cada vez más… y algunos hijos que, sinceramente, tampoco venían haciendo falta.

Lo de escribir se ha convertido en una fiebre rara. Ya no es necesidad, ni obsesión, ni siquiera talento. Es prisa. Prisa por decir algo, aunque no haya nada que decir. Prisa por verse impreso, aunque el texto no aguante ni una segunda lectura sin que te entren ganas de pedir disculpas en voz alta.

Porque escribir no era esto. Escribir era sentarse con algo dentro que te estaba arañando por salir. Ahora es más bien una actividad de tarde tonta, entre subir stories y opinar de todo sin saber de nada. Y publicar… publicar ya es el remate. Antes alguien decidía si eso tenía sentido. Ahora basta con que tú te vengas arriba un martes.

El problema no es que la gente escriba. Ojalá escribiera más gente, pero de verdad. El problema es esa necesidad casi desesperada de convertir cualquier borrador en libro. Como si el simple hecho de haberlo terminado lo hiciera digno de existir fuera de tu carpeta de documentos.
Nos dijeron que había que escribir un libro. No nos dijeron que cualquiera valía.
Así que sí. Planten árboles. Sin ironía. Dan sombra, limpian el aire y, milagrosamente, no intentan venderte su historia. Los otros dos objetivos… quizá convendría revisarlos antes de ejecutarlos con tanta alegría. Porque el mundo no necesita más libros. Necesita mejores silencios.

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