4.000 años escribiendo… y seguimos igual

 

Hoy vamos a hacer algo que suena muy culto, muy de museo y muy de documental con voz grave… pero que en realidad es bastante más cotidiano de lo que parece. Hoy nos vamos a irnos al origen. A los primeros textos que escribió la humanidad, cuando todavía no había novelas, ni géneros, ni editoriales, ni críticos con tiempo libre, y escribir no era un acto creativo sino una necesidad bastante urgente: entender qué estaba pasando aquí.

Porque antes de que existiera la literatura como entretenimiento, ya existía la literatura como problema, y el problema era vivir, básicamente.

Y lo interesante no es que hace cuatro mil años ya se escribiera, que eso queda muy bien en los libros de historia, sino sobre qué se escribía.

Se escribía sobre la muerte. Sobre cómo no comportarse como un idiota. Y sobre qué hacer cuando te das cuenta de que, hagas lo que hagas, todo tiene fecha de caducidad.

Es decir, exactamente lo mismo que ahora, solo que sin filtros bonitos ni frases inspiradoras de taza.

Epopeya de Gilgamesh

La Epopeya de Gilgamesh es, básicamente, la historia del primer hombre que lo tenía todo y aun así descubrió que eso no servía para lo único que realmente le importaba.

Gilgamesh es rey, poderoso, intocable y bastante insoportable, hasta que los dioses, hartos de tanta soberbia crean a Enkidu, su igual, su amigo, su espejo, y por primera vez la historia deja de ir de dominio y empieza a ir de vínculo, lo suficiente como para que la pérdida, cuando llega, no sea solo dolor, sino una grieta que lo descoloca por completo.

Porque cuando Enkidu muere, Gilgamesh entiende de golpe algo que nadie quiere entender a tiempo: que la muerte no es un problema ajeno, sino personal, y a partir de ahí lo que comienza no es una aventura heroica, sino una huida bastante desesperada hacia una idea que suena bien pero funciona fatal: la inmortalidad.

En medio de esa búsqueda aparece uno de los momentos más fascinantes del relato, cuando se cruza con Utnapishtim, el único humano que ha conseguido sobrevivir a un diluvio enviado por los dioses, una especie de catástrofe total donde la humanidad es borrada con una eficiencia bastante inquietante, y que suena sospechosamente familiar si uno se ha leído el Antiguo Testamento.

Utnapishtim le cuenta cómo construyó un barco, cómo lo perdió todo y cómo, a cambio de sobrevivir, obtuvo una inmortalidad que no es exactamente envidiable, porque más que un premio parece una excepción incómoda dentro de un sistema que no está pensado para humanos eternos.

Y ahí está la trampa: ni siquiera el único que “lo consigue” tiene una solución que sirva para los demás.

Gilgamesh sigue buscando, insiste, prueba, falla… hasta que el relato lo deja frente a una evidencia bastante poco negociable: no hay salida elegante.

Y vuelve. No victorioso, sino consciente, que es bastante peor, entendiendo que no va a vivir para siempre y que, por tanto, tendrá que hacer algo con el tiempo que tiene, como el resto de la humanidad desde entonces. Ni siquiera sobrevivir a un diluvio te salva del final… solo te da más tiempo para darte cuenta.

Instrucciones de Shuruppak

Las Instrucciones de Shuruppak, un texto sumerio fechado sobre el 2600 ac, son en esencia, un padre hablándole a su hijo… lo cual ya debería hacernos sospechar, porque pocas cosas han cambiado menos en la historia de la humanidad que esa necesidad de dar consejos que nadie ha pedido.

El texto es una colección de advertencias, normas y pequeñas perlas de sabiduría práctica que no tienen nada de épico ni de grandilocuente, pero sí algo mucho más incómodo: funcionan.

Shuruppak no se pone filosófico, no teoriza sobre el sentido de la vida ni intenta construir grandes sistemas de pensamiento; se limita a ir al grano con una claridad casi ofensiva, insistiendo en ideas que hoy nos siguen sonando demasiado familiares, como no meterse donde no te llaman, no confiar en cualquiera, no actuar sin pensar y, en general, no comportarse como un idiota, que parece una norma básica pero históricamente ha tenido poco éxito.

Lo fascinante del texto no es su profundidad, sino su persistencia, porque uno lo lee y tiene la sensación incómoda de estar escuchando algo que ya sabe, algo que ha oído mil veces y que, aun así, sigue sin aplicar con la regularidad que sería deseable.

Aquí no hay aventura, no hay drama, no hay catarsis.

Hay experiencia acumulada y una especie de cansancio anticipado, como si el padre supiera perfectamente que su hijo va a ignorar la mitad de lo que está diciendo, pero aun así lo dice, porque la humanidad lleva milenios sosteniéndose sobre ese gesto un poco inútil y bastante entrañable de intentar evitar que el siguiente cometa los mismos errores.

Y lo más irónico es que, a pesar de tener estas instrucciones desde hace más de cuatro mil años, seguimos necesitando versiones nuevas del mismo mensaje, adaptadas a cada época, a cada formato y a cada generación que cree, con una seguridad admirable, que esta vez sí va a hacerlo mejor.

Si uno lo reduce a lo esencial, el texto dice algo bastante simple: compórtate, piensa antes de actuar y no te metas en problemas innecesarios.

Nada revolucionario. Nada que no sepamos.

Y sin embargo, aquí seguimos, repitiendo exactamente los mismos errores con herramientas cada vez más sofisticadas, lo cual tiene cierto mérito técnico, aunque no precisamente intelectual. La humanidad escribió sus primeras normas hace cuatro mil años… y todavía seguimos necesitándolas como si fueran nuevas.

Los textos de las pirámides

Los Textos de las Pirámides no son una historia, ni una aventura, ni siquiera un relato en el sentido cómodo del término, sino algo bastante más inquietante: un conjunto de fórmulas, instrucciones y conjuros diseñados para que el faraón no se pierda en el más allá, como si la muerte fuera un trámite complejo que exige preparación previa y, a ser posible, cierta ayuda técnica.

Aquí no hay metáforas bonitas ni reflexiones existenciales al estilo de Gilgamesh, hay una obsesión muy concreta por hacerlo bien, por cumplir con cada paso, por pronunciar las palabras adecuadas y seguir el protocolo correcto, porque la eternidad, al parecer, no admite errores de forma.

El faraón no muere sin más, asciende, se transforma, atraviesa puertas, supera pruebas y necesita una especie de manual detallado para no quedarse atascado en el proceso, lo cual convierte la muerte en algo sorprendentemente parecido a un sistema burocrático donde un fallo en el procedimiento puede tener consecuencias… definitivas.

Y lo realmente fascinante es que todo esto no se plantea como una creencia vaga o simbólica, sino como una certeza organizada, casi administrativa, donde cada fórmula tiene su función y cada palabra su peso, como si el universo funcionara con normas claras que, bien aplicadas, garantizan el resultado.

No hay duda. No hay angustia. Hay protocolo. Y eso, en cierto modo, es aún más inquietante.

Lo más sorprendente es lo familiar que resulta todo esto, porque la idea de que hay que seguir pasos, rellenar formularios invisibles y cumplir requisitos para que algo funcione no nos es precisamente ajena.

Hemos cambiado templos por oficinas, sacerdotes por gestores y conjuros por contraseñas, pero la lógica sigue siendo la misma: si haces lo correcto, todo irá bien.

Y si no… buena suerte. El ser humano no se conformó con morirse… necesitó convertirlo en un proceso con instrucciones.

Conclusión

Después de todo este paseo por los orígenes de la literatura, uno podría esperar haber encontrado respuestas profundas, revelaciones trascendentales o, al menos, alguna mejora clara respecto a cómo gestionamos hoy la existencia.

Pero no.

Lo que encontramos es algo bastante más incómodo: que ya entonces sabían exactamente lo mismo que sabemos ahora… y que, aun así, no servía de mucho.

Porque hace cuatro mil años ya había un rey angustiado porque se iba a morir, un padre intentando evitar que su hijo hiciera el idiota y una civilización entera organizando el más allá como si fuera un trámite administrativo con demasiados pasos.

Y aquí estamos nosotros, con más tecnología, más información, más libros, más podcasts… repitiendo exactamente el mismo esquema con herramientas más sofisticadas y resultados bastante similares.

Seguimos evitando pensar en la muerte hasta que no queda más remedio, seguimos necesitando que nos recuerden normas básicas de comportamiento y seguimos creyendo que, si hacemos las cosas “bien”, de alguna manera todo saldrá según lo previsto.

Que es una idea preciosa, pero también completamente falsa.

Porque si algo dejan claro estos textos es que la vida nunca ha sido un sistema ordenado, ni justo, ni especialmente lógico, por mucho que nos empeñemos en organizarla como si lo fuera.

Pero bueno, al menos nos queda la literatura.

Ese pequeño intento de entender lo que nos pasa, de poner palabras a lo que no encaja y de fingir, durante unas páginas, que todo tiene cierto sentido. Aunque sepamos que no es del todo verdad. Y aun así volvemos a leer. Y a escribir. Y a intentarlo.

Con una constancia que roza lo admirable. Y lo absurdo. Llevamos cuatro mil años escribiendo sobre cómo vivir… y aún así seguimos improvisando como si nadie hubiera tomado notas


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