La Paradoja de Puzo: Cuando el Cine Salva al Barro y Asesina al Oro
Se tenía que decir y se dijo. Sentaos, servíos un poco de vino barato y preparaos para que os rompa el corazón (o el ego).
Amo El Padrino, la banda sonora de Nino Rota suena en mi cabeza cada vez que entro en una habitación con aire de importancia, y considero que todas las horas de Coppola son mi lugar seguro. Pero, seamos sinceros: si nos quitamos las gafas de la nostalgia y el respeto reverencial, lo que queda es un espectáculo de testosterona, gatos maltratados y decisiones editoriales que deberían haber terminado en el fondo del Rio Hudson.
El libro es la obsesión anatómica de Mario Puzo
Si pensáis que la película es "arte", es porque Coppola hizo un trabajo de filtrado digno de la NASA. El libro original de Mario Puzo es, básicamente, una novela de quiosco con delirios de grandeza.
¿Era necesario dedicarle capítulos enteros a los problemas ginecológicos de la amante de Sonny Corleone? No. ¿Aporta algo a la trama de la mafia? Absolutamente no. Puzo tenía una fijación con ciertos detalles biológicos que te hacen preguntarte si quería escribir una epopeya criminal o un manual de cirugía reconstructiva de los años 40. Es literatura de aeropuerto disfrazada de smoking.
¿Es una película o una siesta italiana? Adoro a Coppola, pero el ritmo de la película es "geológico". Hay momentos en los que parece que la cámara se ha quedado dormida junto con los actores. La boda del principio dura bastante mas que un matrimonio real de hoy en día. Entiendo el concepto de "atmósfera", pero a veces esa atmósfera es tan densa que necesitas un café doble para no desmayarte antes de que Michael llegue a Sicilia y conozca a Aplonia. Esa boda debería quedar grabada como una de las escenas mas bellas de la historia del cine.
Pero hablemos de Vito Corleone, Marlon Brando está inmenso, sí, pero nos ha colado el mayor timo del siglo XX: el criminal entrañable. Nos venden a un señor que ordena palizas y extorsiones como si fuera un abuelito bondadoso que solo quiere que comas bien.
Hemos pasado décadas romantizando a unos tipos que, en la vida real, no sabrían deletrear "honor" ni aunque les apuntaran con una Beretta. El Padrino es el responsable de que tu primo el pesado se crea un estratega por haber visto la escena del restaurante cinco veces.
Y las mujeres, por los dioses, si solo son decorado con delantal.
En esta "obra maestra", las mujeres tienen la misma profundidad psicológica que una lasaña precocinada. O están en la cocina, o están pariendo, o están recibiendo un bofetón para que el hombre de la casa demuestre lo "atormentado" que está. Kay Adams es, probablemente, el personaje más inútil de la historia del cine: su única función es poner cara de susto y preguntar "¿es verdad, Michael?", para que él pueda mentirle en la cara (otra vez) antes de que se cierre la puerta.
Conclusión personal:
¿Es mi película favorita? Absolutamente.
¿Lloro con la trompeta de Nino Rota? Como una magdalena.
Pero no nos engañemos: El Padrino es una fantasía masculina desmesurada, un libro mediocre salvado por la campana y un manual de comportamiento para gente que confunde el respeto con el miedo.
La próxima vez que la veas, disfruta de la luz, de la música y del carisma de Al Pacino... pero por favor, deja de intentar actuar como si fueras un Corleone. A ti no te queda bien el algodón en los mofletes.
De la Épica al Espanto:
El Siciliano, es la novela en la que Puzo sí sabía lo que hacía a diferencia del relleno innecesario de El Padrino, en El Siciliano, Mario Puzo logró algo genuinamente literario. Aquí no hay amantes con problemas anatómicos absurdos; hay mitología.
Puzo nos regala la figura de Salvatore Giuliano, el "Robin Hood" de Sicilia, un hombre atrapado entre la Iglesia, el Estado y la Mafia (la verdadera Santísima Trinidad del horror en la isla). La novela tiene un aroma a tragedia griega, a tierra seca y a traición inevitable. Es romántica en el sentido clásico, violenta y, sobre todo, profunda. Es Puzo demostrando que, cuando se alejaba de los Corleone, podía escribir una historia con raíces reales.
La Película (1987) es el "Viacrucis" de Christopher Lambert, porque entonces... llegó la película de Michael Cimino. Y aquí, señoras y señores, es donde hay que llamar a los carabinieri para denunciar un robo.
Christopher Lambert: ¿Un bandolero siciliano o un turista perdido? Poner a Christopher Lambert —un señor con cara de haber nacido en un suburbio de París y con el carisma de una baguette olvidada al sol— a interpretar al mítico Giuliano es el error de casting más grande de la década de los 80. Con su mirada estrábica y su total incapacidad para parecer alguien que ha pisado el campo en su vida, Lambert convierte al héroe trágico en un modelo de catálogo de rebajas que parece estar buscando desesperadamente un Starbucks en mitad de las montañas de Montelepre.
El ritmo de un caracol con anemia de Michael Cimino venía de estrellarse con La puerta del cielo, y aquí decidió que la mejor forma de arreglarlo era hacer una película eterna donde no pasa absolutamente nada. La épica de la novela se diluye en planos interminables de paisajes que, sí, son muy bonitos, pero no justifican que la tensión narrativa brille por su ausencia.
Adiós al subtexto, hola al cartón piedra En el libro, la relación entre Giuliano y Don Croce (el gran jefe de la mafia) es un duelo de titanes, una partida de ajedrez mental. En la película, es un intercambio de frases vacías que parecen sacadas de un sobre de azúcar. Se cargaron la complejidad política y social de la Sicilia de la posguerra para darnos una aventura de acción que ni tiene acción, ni tiene aventura, ni tiene sentido.
El Choque de Realidades y es fascinante (y doloroso) compararlas, ya que la Novela te hace sentir el calor del sol siciliano, el peso de la omertà y la tristeza de un hombre que sabe que su destino es morir traicionado.
La Película te hace sentir el peso del mando a distancia y las ganas de comprobar cuánto tiempo falta para que salgan los créditos.
Si quieres conocer la verdadera historia de Sicilia, lee el libro de Puzo. Disfruta de su crudeza y de su lírica. Pero, por lo que más quieras, mantente alejado de la película. Ver a Christopher Lambert intentando ser un líder campesino italiano es una experiencia que deja cicatrices emocionales. Es, oficialmente, el "bodrio infumable" que hace que El Padrino III parezca una obra maestra de la edición.
y esto es el colmo de la ironía literaria: un mismo autor, dos destinos diametralmente opuestos que demuestran que en el cine, como en la mafia, la ejecución lo es todo. Mario Puzo nos entregó en El Padrino una materia prima irregular, un diamante en bruto cubierto de fango y de pasajes de una vulgaridad casi cómica, pero tuvo la fortuna de que un cirujano como Coppola y un poeta como Nino Rota le hicieran una transfusión de sangre real.
Esa película es el milagro donde el papel barato se convierte en terciopelo gracias a una partitura que te rompe el alma y a una dirección que sabe que el silencio y la sombra dicen más que mil páginas de diálogos mediocres. Es el caso único donde el cine no solo supera al libro, sino que lo devora, lo dignifica y lo eleva a los altares de la inmortalidad, dejándonos una banda sonora que es, posiblemente, el latido del corazón de todo cinéfilo.
Y sin embargo, el destino guardaba una bofetada de realidad con El Siciliano. Aquí Puzo hizo los deberes, se dejó la piel en la tierra seca de Sicilia y escribió una novela con una fuerza narrativa que ya quisieran los Corleone; una obra de arte sobre el mito, la traición y el polvo de los caminos. ¿Y cuál fue el resultado? Un bodrio infumable que es el vivo ejemplo de cómo el cine puede profanar un buen texto.
Mientras que en la primera la música de Rota y la visión de Coppola crearon un dios, en la segunda la desidia de Cimino y la inexpresividad de Lambert convirtieron una historia de oro en un despojo irreconocible. Es la gran paradoja de Puzo: el libro malo parió la película más maravillosa de la historia, mientras que su libro bueno fue sacrificado en el altar de un cine pretencioso y vacío.
Al final, nos queda la lección de que en Hollywood, al igual que en Corleone, no importa cuánto talento pongas sobre la mesa si el que tiene que apretar el gatillo no sabe dónde apuntar.



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