Camilleri o el arte de escupir verdades entre bocado y bocado

Si eres de los que piensa que Salvo Montalbano es solo un comisario con mal humor que vive en una casa envidiable frente al mar y come como un emperador romano, puedes dejar de leer. En serio. Vuelve a tus novelas escandinavas donde todo el mundo está deprimido y hace frío. Aquí venimos a hablar de Andrea Camilleri, un tipo que tardó setenta años en convencer al mundo de que era un genio, mientras el mundo estaba ocupado mirando hacia otro lado.

Un éxito tardío para un mundo con prisas

Camilleri no nació ayer, aunque el "boom" editorial te hiciera creer que brotó de la nada en los 90. Nació en Porto Empedocle en 1925, se curtió en la Italia de la posguerra y se pasó la vida dirigiendo teatro y haciendo guiones para la RAI. Mientras tanto, escribía novelas que nadie quería publicar o que, cuando se publicaban, pasaban por las librerías con la relevancia de un anuncio de detergente.

Pero el viejo Andrea tenía paciencia. Sabía que Sicilia no se explica en un día. Su "fracaso elegante" inicial fue solo el aperitivo. Él sabía que, tarde o temprano, el lector acabaría cayendo en su red. Y en 1994, con La forma del agua, soltó el sedal. Boom. De repente, media Europa quería ser siciliana, comer pasta con sardinas y tener un jefe que no soporta las llamadas telefónicas por la mañana.

Montalbano: El caballo de Troya de la justicia

No nos engañemos: Montalbano es un caballo de Troya. Camilleri nos vendió un producto turístico —el sol, el mar, la gastronomía, la ironía— para meternos por la garganta una realidad social que preferiríamos ignorar. A través de Salvo, nos paseamos por una Vigàta que huele a salitre, sí, pero también a sangre seca y a despachos corruptos.

La serie de televisión con Luca Zingaretti terminó de rematar la jugada. Convirtieron a un policía que envejece y se angustia en los libros en un sex-symbol de cabeza rapada que hace que los turistas quieran ir a Punta Secca a buscar una casa que, para empezar, no es suya. Es el triunfo del marketing sobre la tragedia, y Camilleri se reía de ello en nuestra cara mientras dictaba su siguiente éxito.

El Camilleri Rojo: Ideología sin anestesia

Aquí es donde nos ponemos serios. No puedes entender a Camilleri si ignoras que el tipo tenía el carnet del Partido Comunista tatuado en el alma. Camilleri no escribía para entretener a la burguesía; escribía para denunciar cómo el poder se ríe de los de abajo.

Su ideología no era un panfleto barato; era una brújula ética. En sus novelas, el enemigo no es solo el que aprieta el gatillo, sino:

  • El Estado ausente que deja que la Mafia gestione el día a día.

  • La burocracia asfixiante diseñada para que nada cambie.

  • La hipocresía de una Iglesia que a veces mira demasiado al cielo para no ver los cadáveres en el suelo.

Camilleri era un antifascista visceral. En sus últimos años, no se cortaba un pelo al diseccionar la deriva populista de Italia. Te soltaba una crítica feroz contra el maltrato a los inmigrantes o la corrupción política con la misma naturalidad con la que Montalbano se pide unos cannoli. Para él, escribir era un acto político. Si no te molesta lo que lees debajo de la trama policial, es que no estás prestando atención.

El milagro de la voz (y la falta de vista)

Lo más humillante para el resto de los mortales es que el tipo se quedó ciego y siguió siendo el mejor. Dictaba sus novelas, manteniendo un ritmo, una estructura y una precisión lingüística que ya quisieran para sí muchos "premios planeta" con vista 20/20. Sus obras fuera del universo Montalbano, como Gotas de Sicilia o La concesión del teléfono, son ejercicios de estilo donde el humor es tan afilado que corta.

Incluso en sus Cartas a Matilda, donde se pone la máscara de abuelo, no deja de ser ese observador lúcido que te advierte: "Cuidado, que el mundo es un lugar oscuro, pero al menos intenta que no te quiten la dignidad".

Por qué, a pesar de todo, lo adoramos

Lo analizo, lo destripo, me quejo de su fórmula repetitiva de los últimos años y, aun así, caigo rendida
. ¿Por qué? Porque Camilleri entendía la condición humana. Sabía que somos capaces de lo mejor y de lo más rastrero, a veces antes del almuerzo.

Nos regaló una Sicilia que es un microcosmos del mundo: bella, brutal, cínica y profundamente viva. Detrás de cada plato de pasta hay una crítica social; detrás de cada chiste de Catarella hay una tragedia sobre la incomunicación.

Eso es Camilleri: un viejo sabio que te da un bofetón de realidad mientras te invita a una copa de vino. Y tú, como un idiota, le pides otra ronda. Porque nadie, absolutamente nadie, sabe retratar la podredumbre humana con tanta elegancia y tan mala leche.

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