La arquitectura de la ausencia: Una disección de la levedad ante el naufragio

Sumergirse en  "La delicadeza" es entender que David Foenkinos no pretende escribir un tratado sobre el dolor sino una partitura sobre la reanimación de los sentidos donde el silencio es tan importante como la nota musical. El autor parte de una premisa brutal que nos lanza al vacío en las primeras páginas para después dedicarse a reconstruir ese abismo con una paciencia de arqueólogo sentimental. Lo que hace que esta obra sea un artefacto literario tan particular es la capacidad de Foenkinos para tratar el duelo no como un estallido de gritos o una tragedia griega de proporciones épicas sino como una anestesia prolongada que convierte a la protagonista en una sombra de sí misma.

Foenkinos posee una biografía que marca inevitablemente su pulso narrativo ya que tras sufrir una infección pleuropulmonar gravísima a los dieciséis años que lo mantuvo meses en un hospital desarrolló una sensibilidad especial para detectar ese momento exacto en el que la vida decide romperse sin previo aviso. Esa experiencia vital se traduce en su escritura en una especie de optimismo melancólico que atraviesa toda la novela. El autor utiliza un recurso estilístico muy propio de su voz que son esas breves interrupciones en forma de notas al pie de página listas de canciones resultados de partidos de fútbol o definiciones del diccionario. Estas piezas actúan como pequeñas islas de realidad que permiten al lector coger aire cuando la densidad emocional de la protagonista amenaza con hundirlo todo. Es un ejercicio de realismo de guante blanco que busca la elegancia incluso en el naufragio.

La verdadera clave de la novela reside en la figura de Marcus ese compañero de trabajo sueco anodino y casi invisible que aparece como un error en el sistema de una mujer que había decidido no volver a sentir nada. Foenkinos disecciona con maestría la idea de que la sanación no llega a través de un gran romance cinematográfico ni de una pasión arrolladora que lo queme todo sino a través de la levedad y la torpeza. Marcus es el antídoto perfecto porque es lo opuesto a la tragedia ya que su presencia no exige nada y su falta de carisma se convierte en su mayor virtud. El autor nos propone una tesis valiente sobre la belleza de lo ordinario sugiriendo que a veces la única forma de volver al mundo es de la mano de alguien que no intenta salvarnos sino que simplemente se sienta a nuestro lado en el banco de la espera.

Sin embargo al pasarle el filo de la crítica a esta obra no podemos ignorar que Foenkinos camina por una cuerda floja muy peligrosa donde la perfección estética a veces empaña la crudeza del sentimiento real. Hay momentos en los que la narración es tan pulcra tan medida y tan "francesa" en su melancolía que el dolor parece haber sido pasado por un filtro de luz suave que le quita las aristas más cortantes. Es una reconstrucción del alma quizás demasiado ordenada para lo que suele ser el caos absoluto de una pérdida trágica. El autor prefiere la poética del renacimiento antes que el fango de la desesperación y aunque eso convierte a la novela en un refugio reconfortante también le resta ese punto de suciedad emocional que haría que la historia fuera verdaderamente desgarradora. Es en definitiva una oda a la resiliencia escrita con una pluma que se niega a mancharse de negro optando siempre por los matices del gris perla y el azul pálido lo que la convierte en una joya de la literatura de sentimientos pero también en una obra que se protege a sí misma tras un escudo de extrema educación narrativa.

 

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